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lunes, 17 de marzo de 2008

28.- Subvenciones, maestros y psicopedagilipollas. Pérez Reverte


Ayer en el Semanal del Heraldo de Aragón, leí un artículo firmado por Pérez Reverte cuyo título rezaba "Subvenciones, maestros y psicopedagilipollas".

El título ya de por sí me llamó la atención y conforme iba leyendo el artículo descubrí una visión muy diferente a la que tenía sobre las ayudas que el profesorado tendrá si los resultados de sus alumnos son positivos... Y es que asumiendo esas subvenciones, parece que estamos de acuerdo en que la culpa de que los niños y niñas no adquieran los contenidos adecuados es nuestra y se nos tiene que motivar a través del dinero para que cumplamos nuestro trabajo de manera satisfactoria.

Otro de los apartados que me han sorprendido es el relativo a la lectura y aquí sí que no le quito nada de razón. Que dos de cada tres adolescentes de 18 años no comprendan lo que leen es algo muy serio y no podemos seguir así, sin embargo (y volviendo al tema anterior) no creo que sea única y exclusivamente culpa de los maestros, ni mucho menos. ¿Qué se puede esperar de unas leyes educativas primitivas que poco o nada aportan al sistema educativo? ¿qué pretendemos si la sociedad no se compromete con la ardua tarea que es la de educar a nuestros niños? ¿qué esperamos si a los maestros no se les exige que se "reciclen" con el paso de los años? ¿qué podemos hacer ante familias que ven en la escuela un lugar para dejar a sus hijos mientros ellos trabajan?, oye! y si además aprenden ya es la repanocha!!!!... . No consiste en ir tirando la pelota de tejado a tejado, LA EDUCACIÓN ES COSA DE TODOS Y PARA TODOS.

Para terminar y comentar el último apartado, me gustaría hacer mención a la ortografía, porque claro, si es importante leer, también lo es escribir por añadidura. Cualquiera que lea el artículo mencionado, puede pensar que el catedrático Perona está loco por hacer dictados en la Universidad, pero nada más lejos de la realidad. En cualquier carrera universitaria nos encontramos con alumnos que tienen unas faltas de ortografía imperdonables, y en Magisterio no somos menos..., ¿maestros y maestras con faltas de ortografía?, ¿dónde se ha visto eso?... Y luego la gente se justifica: es el lenguaje del móvil, es que al tomar apuntes necesito abreviaturas... Pero en eso nos quedamos, en las justificaciones, ¿para cuándo las soluciones? Y con esta pregunta abierta termino... Y ahora el artículo:

Me sigue sorprendiendo que se sorprendan. O que hagan tanto paripé, cuando en realidad no les importa en absoluto. Ni a unos, ni a otros. Y eso que todo viene seguido, como las olas y las morcillas. La última –estudio internacional sobre alumnos de Primaria, o como se llame ahora– es que el número de alumnos españoles de diez años con falta de comprensión lectora se acerca al 30 por ciento. Dicho en parla normal: uno de cada tres críos no entiende un carajo de lo que lee. Y a los 18 años, dos de cada tres. Eso significa que, más o menos en la misma proporción, los zagales terminan sus estudios sin saber leer ni escribir correctamente. Las deliciosas criaturas, o sea. El báculo de nuestra vejez.
Pero tranquilos. La Junta de Andalucía toma cartas en el asunto. Fiel a la tradicional política, tan española, de subvenciones, ayudas y compras de voto, y además le regalo a usted la Chochona, la manta Paduana y el paquete de cuchillas de afeitar para el caballero, a los maestros de allí que «se comprometan a la mejora de resultados» les van a dar siete mil euros uno encima de otro. Lo que demuestra que son ellos quienes tienen la culpa: ni la Logse, ni la falta de autoridad que esa ley les arrebató, ni la añeja estupidez analfabeta de tanto delincuente psicopedagógico y psicopedagocrático, inquilino habitual, gobierne quien gobierne, del ministerio de Educación. Los malos de la película son, como sospechábamos, los infames maestros. Así que, oigan. A motivarlos, para que espabilen. Que la pretendida mejora de resultados acabe en aprobados a mansalva para trincar como sea los euros prometidos –una tentación evidente–, no se especifica, aunque se supone. Lo importante es que las estadísticas del desastre escolar se desplacen hacia otras latitudes. Y los sindicatos, claro, apoyan la iniciativa. Consideren si no la van a apoyar: ya han conseguido que a sus liberados, que llevan años sin pisar un aula, les prometan los siete mil de forma automática, por la cara. Y más ahora que, de aquí a tres años, con los nuevos planes de la puta que nos parió, un profesor de instituto ya no tendrá que saber lengua, ni historia, ni matemáticas. Le bastará con saber cómo se enseñan lengua, historia y matemáticas. Y más si curra en España: el único país del mundo donde los profesores de griego o latín enseñan inglés.
Así, felices de habernos conocido, seguimos galopando alegremente, toctoc, tocotoc, hacia la nada absoluta. Todavía hay tontos del ciruelo –y tontas del frutal que corresponda– sosteniendo imperturbables que leer en clase en voz alta no es pedagógico. Que ni siquiera leer lo es; ya que, según tales capullos, dedicar demasiado tiempo a la lectura antes de los 14 años hace que los chicos se aíslen del grupo y descuiden las actividades comunes y el buen rollito. Y eso de ir por libre en el cole es mentar la bicha; te convierte en pasto de psicólogos, psicoterapeutas y psicoterapeutos. Cada pequeño cabrón que prefiere leer en su rincón a interactuar adecuadamente en la actividad plástico-formativo-solidaria de su entorno circunflejo, por ejemplo, torpedea que el día de mañana tengamos ciudadanos aborregados, acríticos, ejemplarmente receptivos a la demagogia barata, que es lo que se busca. Mejor un bobo votando según le llenen el pesebre, que un resabiado culto que lo mismo se cisca en tus muertos y vete tú a saber.
El otro día tomé un café con mi compadre
Pepe Perona –«Café, tabaco y silencio, hoy prohibidos», gruñía–, que pese a ser catedrático de Lengua Española exige que lo llamen maestro de Gramática. Le hablé de cuando, en el cole, nos disponían alrededor del aula para leer en voz alta el Quijote y otros textos, pasando a los primeros puestos quienes mejor leían. «¿Primeros puestos? –respingó mi amigo–. Ahora, ni se te ocurra. Cualquier competencia escolar traumatiza. Es como dejar que los niños varones jueguen con pistolas y no con cocinitas o Nancys. Te convierte en xenófobo, machista, asesino en serie y cosas así». Luego me ilustró con algunas experiencias personales: una universitaria que lee siguiendo con el dedo las líneas del texto, otro que mueve los labios y la cabeza casi deletreando palabras… «El próximo curso –concluyó– voy a empezar mis clases universitarias con un dictado: Una tarde parda y fría de invierno. Punto. Los colegiales estudian. Punto. Monotonía de lluvia tras los cristales. Después, tras corregir las faltas de ortografía, mandaré escribir cien veces: Analfabeto se escribe sin hache; y luego, lectura en voz alta: En un lugar de la Mancha, etcétera». Lo miré, divertido. «¿Lo sabe tu rector?». Asintió el maestro de Gramática. «¿Y qué dice al respecto?». Sonreía mi amigo, malévolo y feliz, encantado con la idea; y pensé que así debió de sonreír Sansón entre los filisteos. «Dice que me van a crucificar.»

2 comentarios:

Abel dijo...

Grandes verdades las que desgrana cada domingo mi admirado Reverte en el Semanal. En ocasiones, se pasa tres pueblos, pero casi siempre acierta. Menos mal que todavía hay maestros que piensan que leer en voz alta en clase no es antipedagógico, que fomentan la lectura y la escritura y que consideran que es necesario usar la lengua con corrección. Aunque los llamen raros...
Besetes

CaRoL dijo...

Y que esos maestros duren muchos años!!!!

Un besazo!!

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